17 de junio de 2010

Un cuento despacio


La misma capacidad que le otorgaba a Benjamín ese ánimo suyo para adaptarse a cualquier situación era la que le impedía airarse por nada que ocurriera. “Ya nos sobrepondremos” decía, y seguía con su vida de forma natural. No debéis malentenderlo. No es que las injusticias le dejaran impertérrito y no hiciera nada por solventarlas. Simplemente recogía el recado e incorporaba a su día día la lucha contra tal o cual oprobio. Es más, era tal su pasión por la justicia que, hasta la tarde en que murió pensando en los atardeceres que vería desde las nubes con su sobrino, no se comprobó cuánto había hecho en pro de ésta, logrando con sus actos que ríos de personas, venidas incluso de ciudades muy lejanas, se encontraran en el cementerio para rendirle homenaje. Esto provocó una marabunta tan grande e imprevisible que las autoridades tuvieron que posponer unas cuantas horas la ceremonia para poder organizar tal desaguisado, cosa que nada extrañó en la ciudad, pues ya estaban acostumbrados a los desórdenes del fallecido.

Pero mientras, entre su nacimiento y su muerte, llevaba con tanta naturalidad esas cosas que parecía que sus idas y venidas obedecían más a una costumbre ociosa que a una actividad de provecho. Como he dicho, sabía adaptarse a las situaciones de la misma forma que los camaleones se adaptan a los colores, y esto lo demostró especialmente el día en que una nueva ley del Ayuntamiento le prohibiera cortejar a Maribel, la que después de muchos tormentos –como el de aquella fiesta que le llevó a incinerar su ciudad entera por error y tener que levantarla de nuevo en tres días- terminó siendo su esposa.

No era Maribel una mujer especialmente hermosa, ni especialmente lista. Entre los sueños más grandes que tenía en la vida era la de poseer una casa con jardín para poder colgar a secar las sábanas, y cuando vio por primera vez a Benjamín aquella nubosa tarde de marzo lo primero que pensó sobre él fue que le recordaba a una regadera. Nunca supo explicárselo ni a sí misma, pero fue la primera imagen que asoció al hombre que terminaría dándole dos hijas. Por supuesto, este pensamiento la condicionó tanto que, tres meses después, cuando fue Benjamín a declararle su amor por ella no pudo por menos que darse a la risa, pensando que nunca se imaginó que una mujer pudiera ser amada por una regadera. Por supuesto lo rechazó, como hizo también después durante nueve años.

Benjamín no desistió, pese a que Petronia, su madre –mujer experimentada en los amores después de sus ocho viudedades-, le repetía una y otra vez que aquella mujer tenía el corazón de hielo. Pero él, como no hizo nunca con nada que le hubiera entrado en el corazón, y con ese ánimo para adaptarse que tenía, no atendió a razones y la cortejó de manera tan imposible que hasta llevó a tocar bajo su ventana una orquesta completa, pensando que los clásicos bandurrelos, como él los llamaba, eran demasiado poca cosa y demasiado vulgares y groseros para su amada. Como era de esperar por cualquiera menos por un enamorado, su aventura lo llevó a los juzgados denunciado por todos los vecinos. En esa ocasión aprendió Benjamín dos cosas: que uno no debe armar escándalo fuera de estrictos horarios y fechas y que la música amansará a las fieras, pero no el corazón helado de una mujer. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de organizar aquella fiesta fatídica.

La idea era sencilla, y estaba construida a partir de una consecuencia tan lógica que le dejó pasmado a él mismo. La ciencia era la siguiente: Si la mujer que amaba tenía el corazón congelado, debía arrimarla al fuego para que este hiciera sus magias. Es por esto que fue a visitar a los gitanos que vivían a las afueras de la ciudad y les pidió que, a falta de dinero, por caridad le ayudaran a organizar un espectáculo donde se encendieran candelas, se tiraran cohetes y se danzara entre las ascuas. Benjamín era aún joven, pero su recia, aunque callada, actitud ante la injusticia ya le había llevado en alguna ocasión a ayudar a los gitanos y estos, queriendo demostrar que eran un pueblo agradecido, levantaron en pocas horas el jolgorio más grande que se hubiera visto en décadas en todo el país, pero con tan mala puntería que eligieron el centro de la ciudad, cuyos antiguos edificios aún estaban construidos en su mayor porcentaje por madera, para realizar tal feria. Y aunque toda la ciudad se apuntó, se tiraron cohetes para todos, se encendieron candelas en todas las esquinas y hasta Maribel bailara sobre las ascuas, a la hora de la verdad, cuando unos chiquillos prendieron sin querer una papelera que terminó incendiando toda la ciudad, absolutamente todos los vecinos señalaron a Benjamín como el culpable de aquella feria del fuego.

El sentimiento de soledad que sintió entonces casi lo derrumba como si fuera un muñeco al que le hubieran quitado su relleno de algodón. Lo que más le dolió fue comprobar que el fuego había logrado calentar el corazón de su amada, pero el rechazo social no era algo por lo que ella estuviera dispuesta a pasar, ni aún por amor. Fue por esta dureza de corazón que demostró por lo que Petronia sentenció, y lo mantuvo toda su vida, que aquella chica había dejado de tener un corazón de hielo para convertírsele en piedra. Aquella sentencia la escucharon muchos, entre ellos Benjamín y, aunque a él le dolió mucho que su madre dijera aquello, realmente le sirvió para quitarse más de un competidor, pues era bien conocida la pericia de Petronia en temas de corazones y nadie quería estar con una mujer cuyo órgano motor fuera de piedra. Y este favoritismo aunado hacia los corazones de carne fueron los que hicieron que, tras ser condenado Benjamín a restaurar, como hizo aquel de la fábula, el pueblo en tres días, todos se juntaran en la plaza mayor del pueblo a demostrar que ellos sí sentían y, por tanto, estaban dispuestos a ayudarle, consiguiendo no sólo terminar en el plazo, sino además hacerlo dejando dos horas sobrantes que usaron para preparar una gran comida para todos.

Tardó nuestro héroe en volver a las andadas, pues le había sido prohibido el cortejo a Maribel ya que veían que era peligroso para el bien público. Muchas viejecitas lloraron por esto y muchas cartas de condolencia le llegaban a Benjamín, pues nunca se había conocido un amor tan grande y les apenaba tener que terminar con él, y, aunque esto lo consoló un poco, la verdad es que siempre permaneció una heridita sin rencor en su corazón por sus vecinos, que solo sanó un día después de su muerte. Esto, por supuesto, no fue percibido por nadie excepto por el propio Benjamín, que notó desde la tumba cómo, veinticuatro horas después de haber fallecido, se le creaba una ausencia en el pecho, pues le había acompañado tanto tiempo el leve dolor de la heridita que se acostumbró a ella como si de un dedo o la nariz se tratara.

No fue hasta pasados cinco años, cuando un cambio en el gobierno de la ciudad y una renovación de las leyes que, o bien olvidó el apasionado amor de Benjamín o lo creyó extinguido, pudiera él retomar sus desventuras y conseguir lo que consideraba más importante en toda su vida.

Maribel había crecido y junto a ella el rumor de su corazón de piedra. Conoció de esta forma el rechazo, pues era bien sabido por todos, incluso por la propia Maribel, que cuando uno tiene un órgano de un material extraño esto se hereda, y nadie quería que le diera hijos cuyos corazones de piedra les impidiera correr como niños sanos. De todos modos, cuando aprovechó Benjamín el silencio de las leyes acerca de sus amores, ya fuera por costumbre o por rechazo a caer en las manos de el único hombre que la amaba, volvió a desoír sus súplicas matrimoniales.

La forma en que finalmente logró Benjamín conquistarla es algo que nadie nunca supo, pero le costó tres años más, y las malas lenguas siempre dijeron que no se convenció Maribel hasta que no comprobó que no había ningún hombre más sobre la tierra que quisiera por mujer a una con el corazón de piedra, aunque lo cierto es que los miedos de la gente resultaron ser infundados, pues las dos hijas que llegaron a tener fueron -tal vez en una jugada del destino de resarcir lo mal jugado con su madre-, tan bellas y tan solicitadas por los hombres más deseados que las pobres nunca conseguían decidir con cuál de todos ellos querían casarse, pareciéndoles que cada cual superaba al anterior.

Hay que decir, para que todo sea dicho y nada mal comprendido, que el día en que Benjamín murió era ya abuelo, teniendo a sus dos hijas casadas; la una con un príncipe y la otra con un poeta que escribía sus versos con el rastro de las nubes. El sobrino se lo dio la menor de sus hijas, la casada con el poeta, y se decía que había sido concebido en un globo aerostático, por lo que cuando creciera tendría siempre la cabeza en las nubes.

A toda la familia le molestó aquella habladuría, ya que pensaban que volvería a ocurrir lo mismo que con su abuela y el destino del chico estuviera marcado entonces por la tragedia, pero a Benjamín, adaptándose a los cambios, siempre tuvo una buena respuesta que darle a los chismosos: “Podrá decirnos entonces si realmente dios existe”, comentaba riéndose cuando escuchaba a algún vecino. Tanto le gustó a Benjamín aquella idea que la tarde en que se sintió morir lo último que pensó fue que, cuando su sobrino subiera a las nubes, él estaría allí con él para contemplar juntos el atardecer.

7 comentarios:

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Quién iba a decir cuán parecida es la sincronía de nuestras mentes a la hora de escribir una historia.

La idea es original, aunque irremediablemente me recuerda al libro que te acabas de leer. Será cosa de los gitanos. Creo que últimamente adoptas una forma de escribir muy pacífica y relajada -aunque tiene perlitas de vez en cuando-. Un título muy acertado, sí señor. Sin azúcar... sin aliento. ;)

Guillermo Loaysa dijo...

Un poco sí recuerda, y me halaga que lo digas porque quería jugar un poco al juego de sus estructuras. Nunca está mal que te comparen con un Nobel de literatura.

Y creo que el título es lo que más he pensado de toda la obra :P

Elvira, el Cisne Negro dijo...

¡¡Dios no te ama!!

Guillermo Loaysa dijo...

Es un hijoputa que nunca ha sabido valorarme.

Pero figúrate lo triste que, no habiéndome amado él nunca, yo no pude por menos que dejar de creer en él.

Esto no es del todo cierto, dejé de creer en él cuando me dí cuenta de la patraña, pero sonó tan bien en mi cabeza que he decidido escribirlo y mantenerlo.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Parece que estás hablando de una ex pareja xDDDDDD

Artemisa Valverde dijo...

A Dios no le contaron cuentos de pequeño, por eso es tan cabrón. Preguntad a Freud, si no.

Me he actualizado el blog. Ale, total, lo que sea con tal de no estudiar...

Guillermo Loaysa dijo...

Eso hago, le pregunto a Freud con insistencia todos los días, a veces más de lo que considero sano :P