3 de marzo de 2010

Fenómenos traumáticos

“Menuda mierda de noche desapacible. Y encima no tengo ni un cigarrillo”, pensó mientras cruzaba la calle escondiéndose cada vez más dentro de su abrigo y olvidando que hacía un mes que había dejado de fumar. Continuó calle arriba dejando que sus tacones sonaran más de lo que se supone que es correcto en una señorita y entró con aire triunfal dentro de una cafetería, cuyo neón pasado de moda le aseguraba que entraba en un lugar demasiado sórdido como para encontrarse con cualquier conocido.


Una vez dentro se desabrochó el abrigo y desenrolló la bufanda del cuello, asegurándose que captaba la atención de todos los feligreses, en su mayoría hombres pasados de edad o jóvenes cuya pinta hacía saltar a la vista que no tendrías las agallas suficientes como para acercarse a ella. “Perfecto”, pensó, y buscó algún taburete aislado en la barra donde poder sentarse a beber algún cóctel hortera. Era perfectamente consciente de que le había alegrado la noche a más de un mirón, pero tampoco había salido aquella noche con ganas de pavonearse demasiado. Lo que quería era un lugar donde poder esconderse del mundo y ser ella misma sin que nadie la importunara.


Todavía le escocía aquella última crítica que la había acusado de ser demasiado sincera. Cuando ella escribía jamás lo hacía sobre su vida, es más, procuraba ponerse en la piel de una persona cualquiera y pensar como lo haría alguien en cualquier situación que no fuera la suya. Decir que con aquella novela corta había sido “demasiado sincera” era sinónimo de abofetearla mientras se la llamaba vulgar. Y llevaba demasiados años huyendo de ese término como para que ahora un mequetrefe sentado en un sillón dijera aquello por no tener la capacidad de sacarle más partido a un texto del que había muchas mejores cosas que decir. Además, ¿quién sabía cómo era ella realmente como para hablar sobre cualquier cosa de su personalidad? Era una tontería, lo sabía, pero no quería que el día de mañana apareciera en algún libro de texto de la escuela secundaria una pequeña biografía de su persona diciendo que aquella obra reflejaba lo más profundo de la intimidad de la autora. Lo que había logrado aquel listillo era remover los cimientos de su creatividad. A partir de ahora jamás podría ponerse a escribir como lo había estado haciendo hasta el momento; la pregunta de si podría decirse que ese es su reflejo al estar describiendo a un personaje le asaltaría una y otra vez, impidiéndole escribir.


Toda aquella historia le había llevado de nuevo frente a la escalera de la madurez, y no le hacía ninguna gracia.


Bien sabía que en la vida de una escritora, como en la vida de cualquier otra persona, llegaba un momento en el que tenía que replantearse toda su forma de escribir, actualizarse, o llegaría el día en el que escribir siempre sobre lo mismo la llevaría a que tan solo sus primeros lectores la siguieran leyendo, y sus libros envejecerían al mismo tiempo que ellos, que ella. Y no, no se había pasado la vida luchando para que tan solo la leyera una maldita generación, que por cierto, odiaba. Tenía que cambiar, lo sabía, pero también sabía que eso es un camino duro que suele pasar primero por el vacío total, después por los desfiladeros de la desesperación y la locura para terminar en un abismo de indiferencia radical, hasta llegar, por fin y tras muchos empeños delante de “la hoja en blanco”, a un tímido pasto verde. Que esa tierra llegara a ser fértil solo dependía de ella.


-¡Pues qué asco!- dijo más para sí que para el mundo, pero en una voz demasiado alta como para habérselo dicho únicamente a sí misma. Volvió a captar la atención del público, pero esta vez eso le molestó un poco. “¿Es que no tienen vida?”, se volvió y le clavó la mirada a uno de ellos. Era un examen cuya conclusión te deja ver, a ti y a todos los que te rodean, que no tienes ninguna posibilidad, que eres indigno hasta de pasar tu mirada por sus rubios cabellos, que te vayas a la mierda y que si en el camino te mueres, mejor. Era una de esas cosas que a ningún hombre le gusta recibir de una mujer.


Volvió a centrarse en su copa sonriendo interiormente. Esas cosas se le daban bien, a veces incluso pensaba que había nacido para domar hombres, no para escribir. Pero bueno, lo primero le divertía y lo segundo la hacía sentir viva, así que no se quejaba del orden de prioridades que había puesto en su vida.


“Demasiado íntima… ¿Será que el mundo necesita saber de una vez por todas quién soy yo? Eso estaría bien, pero primero tendría que terminar de averiguarlo yo misma. A ver, yo soy una mujer y estoy orgullosa de serlo. Soy una mujer… complicada. Bien, es un paso. ¿Escribir sobre mí misma? ¿Cómo? Una autobiografía me parecería muy aburrida y, por otro, lado tampoco me veo escribiendo una novela sobre un personaje que realmente fuera yo. Correría el riesgo de terminar conociéndome y me quitaría encanto.”


Al poco terminó sacando un bloc de notas y garabateando ideas que luego tachaba. Pasó una copa, pasaron dos, tres e incluso cuatro. Suerte que la vida la había preparado ya para este tipo de eventos y su hígado tenía aguante. De todos modos notó que su humor mejoraba. En éstas estaba cuando escuchó cómo la puerta del antro se abría. Era la primera persona que lo hacía desde que lo había hecho ella. Más por instinto que por real curiosidad giró la cabeza para contemplar al recién llegado y el bolígrafo se le cayó al suelo.


“Mierda. Tú también podrías morirte de una vez por todas.”

3 comentarios:

Mirthas dijo...

Soy la visita número 6.001 en este blog, aproximadamente.

Kiüs dijo...

"Correría el riesgo de terminar conociéndome y me quitaría encanto.”"
El oráculo hizo mucho daño con eso de "conócete a ti mismo". Cuando conoces algo deja de interesarte; si terminas conociéndote del todo...qué vida más triste...

Kiüs dijo...

Mierda, no puedo comentar xD