23 de julio de 2010

Una vida sin gracia


Era un tipo bastante desgraciado. Nunca había logrado nada y, desgraciadamente para él, esto era una realidad. Por no lograr no había logrado ni obtener el certificado de estudios mínimos. No, no es que no los hubiera superado, simplemente la Administración había perdido todo su expediente y no constaba que hubiera cursado nada nunca. Le dijeron que todo era muy extraño porque suele haber más de una copia, e incluso la Universidad debería tener su propio expediente. A él no le extrañó en absoluto, estaba acostumbrado a estas desgracias.
La otra noche tuvo que dormir en su portal porque se había dejado las llaves dentro de casa. No era muy tarde y pudo llamar a la puerta de su vecino para ver si le dejaba saltarse desde el balcón pero, aunque parezca imposible después de veinte años viviendo allí, no le reconoció. Ahí tuvo que reírse. Era tan absurda la manera que tenía el destino de burlarse de él que no pudo resistirlo.

A la mañana siguiente, cuando llamó al cerrajero porque no había forma humana de abrir aquella puerta sin ganzúas. Tuvo que visitar cuatro cabinas telefónicas hasta encontrar una que conservara el cable del auricular. Se ve que alguien aquella noche se había entretenido arrancándolos. Localizó, eso sí, rápidamente a un cerrajero, que más tarde le hizo tener que extirparse el riñón para poder pagarle. Pero eso es algo que, después de haber pasado la noche en el suelo frío y desangelado de la entrada de un edificio, poco importa tras sentarte en tu sofá y tomarte un buen café. “Se paga lo que se tenga que pagar”, aseguró más tarde al único amigo que tenía, un abogado divorciado por problemas con la bebida.

A estas desgracias ya estaba acostumbrado. A las que no estaba para nada hecho era a las desgracias del amor, básicamente porque jamás tuvo nadie de quien enamorarse. Esto cambió cuando un día que volvía de estar en casa de su amigo el abogado tuvo que coger el autobús porque a su coche se le había partido el embrague cuando fue a arrancarlo.

Iba él sentado en el asiento situado justo detrás del chófer procurando no pensar en nada, como hacen todas las personas llena de desgracias, cuando la vio entrar. Tal vez fue su melena a la altura de los hombros, de un color que no se decidía entre el rubio y el castaño, tal vez fue su nariz, que parecía una fresa. Tal vez su sonrisa o tal vez aquellos ojos profundos que daba vértigo mirar. O puede que tan solo fueran sus piernas, pero desde el momento en que ella se montó en aquel autobús él supo que, a partir de entonces, cualquier cosa que le pasara no iba a superar el dolor que sintió en su corazón cuando comprendió, dos horas más tarde y ya en su casa, que jamás volvería a encontrarla. Fue como si un edificio de cuarenta plantas se le cayera encima de los pulmones, solo que no se moría.

La buscó, claro que la buscó. Y cogió ese autobús a todas las horas posibles. Pero recordad que era un desgraciado y esto la vida real. Posiblemente, si fuera una película la hubiera encontrado de nuevo, pero la verdad era que, mientras él cogía autobuses y se consumía de amor, ella, ajena a todo esto, vivía su vida muy lejos de allí, en las montañas, mientras compartía cervezas con sus amigos y les contaba su visita a aquella ciudad donde, sin ella saberlo, un loco la buscaba sin cesar.

3 comentarios:

Elvira, el Cisne Negro dijo...

:)

... me pregunto donde coño están esos amigos.

Guillermo Loaysa dijo...

Pues en el bar, imagino.

Es que te has equivocado, te has ido a por la sidra cuando ellos están bebiendo cerveza. En serio. Lo pone ahí, en el texto ese.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Eso será, será.