3 de julio de 2010

Un cuento por casualidad


La misma mañana en la que Marcos decidió salir a pasear por aquel parque olvidado por el Ayuntamiento fue también la misma mañana en la que Mónica cambió, por vez primera en dos años, su itinerario en la carrera matutina. No es que a ella pudiera ocurrírsele que al variar el giro que hacía siempre a la izquierda en la calle de la Exposición, haciéndolo ahora hacia la derecha, pudiera otorgarle unas nuevas expectativas a lo largo de toda su vida. No era más que un giro y ella lo sabía de la misma forma que uno sabe que decidir entre calzarse primero un pie o el otro no tiene mayores consecuencias. Pese a todo, esta decisión sí que la tuvo, aunque no fue hasta dos años más tarde que se diera cuenta de ello.

Tras girar en aquella malograda esquina, no sé si porque sus pies andaban indecisos pensando que entraban en un territorio desconocido que tenía a otros pies por dueños o porque la mítica cáscara de plátano andaba agazapada dispuesta a cumplir con su milenaria labor, tuvo Mónica que irse de bruces al suelo, con tan mala pata –permítame el lector la broma- que logró darse un golpe en la cabeza con la precisión suficiente como para meterla directamente en un coma del que no saldría hasta que Marcos no pronunciara las palabras mágicas. Claro que esto es algo que Marcos tardó en descubrir, y poco o nada sabía él entonces de las cosas que iban a pasar mientras salía por la puerta de atrás de aquel olvidado parque y se encontró con una Mónica, que él no sabía que se llamaba Mónica pero que le pareció la chica más hermosa que jamás había visto girar una esquina, que corría hacia él tan decidida como fuerte fue el porrazo que se dio segundos más tarde contra la acera.

Fue por supuesto Marcos a socorrerla. Dijeron después los médicos que si no hubiera estado él allí no se habría salvado, claro que esto es algo que los médicos gustan en decir, tal vez porque así le dan más emoción a sus trabajos, cada vez más ninguneados por el avance del descubrimiento de los poderes mágicos del agua. Nadie quiere creer en la ciencia cuando hay alguna posible superstición que la suplante.

La llegada al hospital fue como todas, con ruido de ambulancia, carreras y puertas que se abren y se cierran. No dejaron pasar a Marcos por supuesto, era un héroe pero no un profesional. Tuvo que pelear incluso para conseguir el número de la habitación de la accidentada, pero finalmente la consiguió.

No penséis ahora que fue por su belleza por lo que Marcos se enamoró de ella, tampoco era por la ternura que despedían sus labios bien formados que se resecaban y que obligaban a Marcos a humedecérselos con un paño. Tampoco la languidez grácil de sus brazos finos que reposaban sobre la cama. Tampoco fue el cuento de la bella durmiente que le hiciera a Marcos soñar con romanticismos. No. Simplemente fue el aburrimiento, la soledad y la compañía que le otorgaba aquella mujer que, a falta de estar muerta, le otorgaba la paz de los dormidos.

Comenzó yendo por preocupación. Continuó porque no tenía a nadie más en la vida y en el hospital podía leer, además pronto le cogió el gusto a eso de leerle en voz baja, casi en susurros, para no molestar a los pacientes que parecían circular por aquella habitación compartida como si todos estuvieran dispuestos a abandonar aquel hospital menos Mónica. Una vez murió uno de los que compartían aquella triste habitación y Marcos lo recordó siempre como la única señal de esperanza que había tenido durante aquellos dos años. Algo le dijo en su interior cuando vio aquel fiambre que, mientras Mónica estuviera viva, él tendría una amiga. Claro que él jamás contó con que Mónica se despertara. Ni tan siquiera se lo planteó. Para él Mónica era Mónica resbalando o Mónica en coma y atribuirle cualquier otro estado le parecía risible. Así que conjeturas tales como ¿qué le diré si algún día se despertara? o ¿podré seguir viéndola si alguna vez saliera del coma? no entraban en su cabeza, directamente.

Pero sucedió. Tal vez no se lo crean, mis lectores, pero sucedió y lo hizo en una situación tan verídica como sospechosa, pues fue cuando Marcos, leyéndole a Mónica aquel viejo cuento árabe, pronunció las palabras de ábrete sésamo cuando ella abrió los ojos y le dirigió una sonrisa.

No sabría decirle, no me gusta jugar con el azar, si fue debido o no a aquellas palabras que Mónica despertara, pero sí que Marcos, tras recuperarse de su sorpresa, supo aceptar aquel nuevo estado –para él insólito- de su amiga y lograron juntos hacer muchas cosas, siendo la primera que Mónica volviera a caminar.

Hoy hace ya mucho tiempo que no los veo, pero es bien seguro que seguirán en alguna parte juntos, leyéndole Marcos a Mónica, costumbre que nunca perdió, y pensando Mónica que, o bien sus pies o bien aquella esforzada cáscara de plátano, le cambiaron la vida de una forma que jamás habría sospechado pero que le hacía tan feliz como el mayor de los cuentos que hubiera leído de pequeña.

6 comentarios:

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Simpático. Hay cosas que me suenan.

Y por favor, deja de sincronizarte con mi mente para algunas cosas.

Te has arriesgado más esta vez. Pero todavía está por llegar la obra con la que diga de nuevo: chapeau!

Vas por buen camino, buen camino...

Un mordisco.

Guillermo Loaysa dijo...

He de decir en mi favor que cuando comencé a escribir esto un mapache en celo me atacó y luego he tenido que correr para poder terminarlo antes de que terminara mi famoso día impar. En realidad tenía en mente algo mucho mejor pero que la falta de tiempo me ha impedido escribir, teniendo que cambiar la idea por otra más corta :P

Estos mapaches...

Elvira, el Cisne Negro dijo...

:D

Eso te pasa por tener la "obligación" de escribir los días impares.


I love Mapaches.

:D :D :D

Guillermo Loaysa dijo...

Es que si no tuviera la obligación de hacerlo los Mapaches nunca me dejarían escribir... :P

Desde la luna dijo...

Una historia sencilla y linda. Me gusta, y eres bastante versátil... lo mismo cuentas una historia de una pareja de sicarios, que esta otra tan entrañable. Un saludo.

Artemisa Valverde dijo...

Está muy bien descrito, siendo la historia sencilla le das a los personajes mucha humanidad.

¿Y hasta en verano publicarás sólo los días impares? =(