27 de julio de 2010

La mañana del domingo


Amarró su pequeña barca a la cornamusa, saltó al embarcadero y siguió saltando hasta su casa, un pequeño agujero muy bien decorado cerca de la casa de Óscar el pastor. Efectivamente no era una casa muy grande, pero él vivía solo y sus hermanos raramente venían a visitarlo. Cosa que agradecía, pues su familia era tan numerosa como desordenada y no le gustaba nada tener que recogerlo todo tras su marcha. Este era uno de los motivos por los cuales nunca había querido comenzar unas reformas de ampliación en su hogar. Además, no tenía previsto casarse.

Abrió la nevera y cogió el zumo de zanahoria que se sirvió segundos más tarde en una jarra de medio litro. Se sentó en su sillón, un mueble no muy cómodo pero que iba realmente bien con el resto de la casa, y puso los pies sobre la mesa dispuesto a seguir disfrutando de la mañana del domingo. Justo cuando más cómodo estaba llamaron a la puerta. Un fastidio que esperaba solventar procurando no hacer ningún ruido, esperando así que la visita pensara que no había nadie y se marchara. Pero no funcionó.

-¡Conejito Darwin! ¡Conejito Darwin! Abre, es importante-.

Hubiera reconocido esa molesta voz en cualquier parte. Era Juan Ramón el moscardón. Un tipo muy pesado que además tenía la costumbre de rebuscar en la basura de los demás para espiarlos.

                -Ahora no puedo, Tomás. Estoy cocinando.
                -¿Cocinando? ¿Y qué preparas? Podría ayudarte…
                -No, gracias Juanra, tengo visita.

Era una mentira. A Darwin no le gustaba mentir, pero a veces no hay más remedio.

                -¡Oh, venga! Ábreme, de verdad que es importante. Además ¿quién viene a visitarte?
                -No es de tu incumbencia. Y si es tan importante suéltalo ya porque no pienso abrirte.

Empezaba a perder la paciencia, como siempre que trataba durante más de dos minutos con Juan Ramón. Durante unos segundos no se escuchó nada, cosa que le hizo pensar a Darwin que se había cansado y se había marchado. Y cuando estaba a punto de suspirar de alivio volvió a escuchar esa chirriante voz.

                -Lo siento, pero he estado hablando con mi socio y me ha dicho que no puedo contártelo a través de la puerta. Es un secreto.
                -¿Un socio? ¿Quién es tu socio y qué es lo que queréis?

La curiosidad le picó un poco a Darwin. No sabía quién podía tener las agallas de asociarse con semejante pesado.

                -Espera, no sé si eso es secreto, voy a preguntárselo.

Esta vez Darwin orientó una de sus largas orejas para ver si escuchaba algo, pero lo único que le llegaba era un siseo.

                -Vale, dice que eso puedo decírtelo. Es Jacobo, el mosquito. Si me abres te cuento su plan, dice que podemos sacar una buena tajada de todo esto.

Jacobo era un alcohólico reconocido en todas partes y hacía muchísimo tiempo que nadie le había visto sobrio. Según cuenta comenzó con la bebida cuando Marisa la mariposa lo dejó para poder dedicarse a la pintura, su verdadera pasión, con toda su alma. Nunca lo superó y, como todo el mundo parece saber menos él, el alcohol no es buen consejero.

                -No, Juan Ramón, definitivamente no quiero saber nada de los trapicheos de Jacobo, así que lárgate antes de que avise a Tomás, el perro guardián, de que estáis tramando algo.
                -Vale, vale, Darwin, no hace falta que te lo tomes así. Contábamos contigo simplemente. No te enfades.
                -Pues la próxima vez, antes de contar con alguien, no estaría de más preguntarle, ¿de acuerdo?
                -Si, si, tranquilo. Ya me voy, pero no le digas nada a Tomás, ¿vale?

Juan Ramón ya había tenido problemas con Tomás, un pastor alemán encargado del orden en todo el lugar, y no quería que metiera las narices en su vida. Darwin no sabía si lo que estaban tramando era lícito o no, pero sí sabía que la mera mención de Tomás iba a bastar para que lo dejara tranquilo. Así pues, se relajó de nuevo en su incómodo sofá y le pegó un sorbo largo a su zumo de zanahoria. 

Una aventura de cuando en cuando no viene mal, pensaba, pero después de haber estado remando toda la noche a la luz de las estrellas para encontrarse con Mónica la Loca, su amante y amada, ya había tenido aventuras suficientes. Además, no se fiaba de esos dos. Así que sonrió, alzó el vaso brindando por la vida y presionó el botón de la minicadena.

2 comentarios:

Miquel dijo...

En fin...
Si bien escrito está
jajajajaja

No, en serio, esto no es lo mío.

Un saludo
jajaja

Guillermo Loaysa dijo...

Hay que variar y experimentar en la literatura.

Yo ahora estoy procurando expandir mis temas y estilos.

Pese a todo, está bien que no te guste ;)