29 de julio de 2010

Ascensor al Infierno



-Ven, entra.

Yo no quería fiarme. Había algo en aquella vieja que me decía que no me fiara, que corriera escaleras abajo y, sobre todo, que no entrara en aquel ascensor.

-No, gracias. Iré mejor por las escaleras, es más rápido –le mentía y seguro que ella lo sabía. Iba completamente cargado con bolsas de basura y un abrigo que mi madre se había empeñado que llevara “por si hacía frío”.

-Venga, chico, no digas tonterías. Con esas bolsas y ese abrigo que llevas colgando del brazo podría tropezar. Aquí cabemos perfectamente.

-De verdad que no, muchas gracias –era un asco repulsivo, visceral. Como si ese instinto de supervivencia que todos se supone que tenemos me gritara desde lo más íntimo de mi ser que me alejara.

-Entra ya en el ascensor, estamos tardando más en discutir que lo que tardaremos en bajar –me espetó.

Y ocurrió entonces algo espantoso. Agarró mi brazo con su mano huesuda y me arrastró, con una fuerza que no comprendía, hacia su cadavérico cuerpo, su olor a muerte y sus desdentadas encías. Me voy al Infierno, pensé lleno de pavor. Y casi. Pero no era un Infierno lleno de llamas, demonios y almas en pena. No. Era un Infierno de silencio incómodo y hedor a gases intestinales de una octogenaria.

3 comentarios:

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Jajajajajajajajajaja.

Como la vida misma...

¿Qué pretendía la anciana?

Hay cortesía que raya en lo siniestro. Menuda mujer.

Miquel dijo...

Ajá,
Guille, un punto más que el anterior
jaja, un par más y va que chuta.

No, este sí que me gusta mucho más, además se me antoja una situación bastante real.
Lo que no me agrada tanto es el final, yo lo hubiera enfocado de otro modo.

De todos modos, no está mal
jajaja
;)

Guillermo Loaysa dijo...

El final tal vez es un tanto escatológico, pero realista.