31 de mayo de 2009

De gorriones

Un gorrión yace muerto en la acera.
Me pregunto si él cantaba cuando yo lloraba.
Él ahora yace, y con cierto regocijo lo miro
y me rio al pensar que soy yo el que vive.
Una triste figura figurando la tristeza.

Una de las alas tiesa hacia el cielo,
como si quisiera remontar el vuelo.
El viento lo mueve, parecería vivo
sino mantuviera el pico abierto
y la panza hacia arriba.

¿Cayó en picado o murió en larga agonía?
Tal vez se posó donde no debía,
tal vez era consciente del inminente final
y esperó el último aliento con calma.
Tal vez su fin fue un fin siniestro.

Y yo aquí lo observo y pienso
en la tristeza de la existencia.
Él voló libre, retó a los vientos.
Pero hasta los que más alto vuelan
terminan tocando el suelo.

27 de mayo de 2009

24 de mayo de 2009

Inmortales

Nadie nos prometió vivir eternamente,
nadie así vivió. ¿De dónde sale
la idea de lograrlo como el mejor?
Una triste ilusión de nuestra mente
que nos cree inmortales en la juventud.
Y aunque grises pasen los días normales
no pensamos realmente en nuestra finitud.

Nos aferramos a la vida,
aunque se nos antoje, a veces, vacía,
temiendo que no exista otro presente,
otro futuro o un mañana a recordar.
Moviéndonos por la espiral del más crudo
sinsentido del no creyente, queremos olvidar
que nada nos sostiene ni mantiene.

De acá para allá, de allá para acá.
Tal vez te emborraches una vez más,
tal vez decides que, como inmortal que eres,
no mueres y te puedes entregar con impunidad
a una completa vida inmoral.
Y no hablo de bien ni de mal.
¿Algo así existió jamás?

Pierdes a tus amigos,
aquellos que quisiste de verdad.
Y sonríes como un idiota sin ánimos,
como un pelele que se deja manejar.
¿Eres dueño de tu vida o ella te posee?
¿Por tener te quedaste sin querer?
Y no tienes canciones ni poemas con los que llorar.

Pero te dices que sí, que todo tiene
algún más que posible fin.
En el fondo no eres tan malo,
¿cómo serlo si no quieres?
¿cómo con lo estúpido que te hace sentir?
Comprendes que lo raro no es el ruido
sino el silencio que no dejas de escuchar.

Y tú, que creiste poder vivir parasiempre,
descubres que estás solo, y envejeces.
Solo, y no por condena, sino por permitir
que tus actos te posean.
Languideces y comprendes cómo
aquellos que por la vida se pasean
llegan, irremediablemente, a morir.

19 de mayo de 2009

Soledad

No sé si alguna vez lo has sentido:
Una soledad que te ahoga
pero que no te asola un tiempo
y después, tras estallar, te abandona.
Hablo de un sentimiento que te roza
como si estuviera en movimiento,
haciéndote saber que cuando quiera
volverá para hacerte comprender
que, en esta vida, vas a solas.

No es una soledad relajadora,
no es algo que se quiera, sabiendo
que, cuando te canses de ella,
podrás volver junto a otra persona.
No. No hay consuelo, no hay respuesta.
Buscas y buscas, y sólo encuentras
que en toda la vida no hallarás
compañía alguna que te haga descansar.
Que no, no encontrarás paz jamás.

Ves tu alma y comprendes
que no hay ninguna mente capaz
de profundizar en la tuya.
Aceptas las palabras del filósofo:
<<No encontrarás los confines del alma
ni aún recorriendo todos sus caminos;
tal es su profundidad.>>
Y sabes que es verdad, que ni el Destino
podrá esto alguna vez cambiar.

Te sientes lejos de todos,
más que por necesidad, por crueldad.
¿Qué te ha hecho ser así?
¿Qué te impide, de cualquier modo,
sentir que, al fin, conectas con alguien
que te comprende, te habla y te contesta
haciéndote ver que siente también así?
Un alma gemela que anhela
encontrarte, como tú a ella.

Te cansas de buscar, de esperar.
Resuelves que sólo te queda
refugiarte en libros y canciones.
Allí desesperas, leyendo mitos inventados
de grandes héroes de fábula más vivos que tú.
Y piensas: "Si nunca viviré así
prefiero mantener mi laxitud".
Ves que no hay vuelta atrás
y sientes que mueres.

Un rayo de esperanza cruza, tal vez,
por el horizonte de tu vulgaridad.
Quieres creer que esta vez es verdad,
pero sabes que eso también pasará.
La mayor aventura de tu vida
consiste en ver los días pasar,
como un enfermo en un hospital,
como un animal en un agujero.
Pero no te atreves a ponerle final.

Te falta voluntad para cambiarlo todo,
no te atreves a arrojarte al abismo.
Sin luchar contra tí mismo, sin atreverte
a emanciparte de tu color monocromo.
Y culpas al mundo por ser así,
y cierras los ojos para no ver tu poquedad.
Cuentas los años por eones.
La grandeza de tus metas
te hundió por lo pequeño de tus errores.

Y podría decir que esto son posiciones
que van y vienen. Ahora están, ahora no.
Pero es la triste realidad, y se mantiene.
No tengo una palabra de aliento que brindarme.
Y si fuera el pasearme de un lado a otro de la locura
la mejor de las conjuras para deshacer lentamente
estos enredos del alma, me lanzaría en su búsqueda
para lograr, aún de forma insana, la calma.

Pero no huyo. No por valentía, sino por desgana.
Me quedo quieto en mi rincón, y me pudro.
No tengo ni la cortesía de limpiarme el polvo
gris puro que genera mi decepción.
Me canso, mil veces me suicido en mi mente
pero, como condenado a vivir así eternamente
renazco al amanecer cargado de rencor.
Y así sigo, manchado en el orgullo y hundido,
en mi rincón alejado de la muerte.

16 de mayo de 2009

Escepticismo

Como dijo el poeta una vez
nadie a quien amar es
nadie a quien dañar.
Y, de igual manera, nada en que creer
son ilusiones que no destrozar.
Los sueños que no creas en tu mente
no serán pesadillas que te persigan.

Y yo les digo a aquellos que me admiran
que tornen su mirada lejos de mí,
que no caigan en la mentira
de querer ser feliz.
Ninguna finalidad tiene la vida,
los árboles están ahí para estar,
y nosotros nos podremos siempre preguntar,
pero aún así no tendremos ninguna finalidad.

Busqué hacerte la mejor poesía
y me quedé con palabras vacías,
con mentiras que lloraban, sin decir nada,
las penas que no había purgado.
Y si alguna vez he jurado que volvería,
que tornaría con mi sonrisa de canalla
y sanaría tu alma magullada,
espero que supieras que era mentira,
como lo eran todos mis gestos de alegría
o como jamás lo fue mi amargura.

Quisiera tener un dios en que creer,
una verdad o fe de la que no sospechar,
a alguien que entre mis brazos mecer
para decirle que creo en la bondad,
que ella es buena y yo también,
que existe salvación y que creo en su amor.
Que si amar es entregarse al vacío,
mucho peor es hacerlo al olvido.

Pero nada de esto tengo, y por no creer
no creo ni en lo que observo.
Tal vez mis palabras ya sean sinceras
y tan sólo a ellas me aferro como clavo ardiendo,
ardiendo como mi alma incapaz de otra pena
que no sea la de no encontrar la calma.

Por esto voy dejando los días pasar
uno tras otro, como en fila,
y frente a mí van desfilando pausados
como monstruos en la casa del terror,
reflejándose agrandados en el espejo de mi desesperación.

De este juego sólo veo una forma de salir,
y si morir no es una opción
quisiera que alguien me enseñara otra mejor.
Ni el cariño podría darle un sentido
a esta soledad que me ahoga, que me devora
con el ahínco de un lobo perdedor.
Y si vivir es no conseguir
yo quiero perderlo todo para, así,
poderme reír al reconocerlo.

Podría dejarme llevar por la locura,
abrazar todas mis dudas y no luchar
contra esto que me invade y me destroza.
Pero, aún sabiendo que no hay nada que ganar
digo que militia est vita, y si es lucha,
pienso batallar hasta el final.

5 de mayo de 2009