12 de noviembre de 2008

¡Rueda, rueda fortuna!

Entré en la habitación y lo vi yaciendo en la cama, inmóvil y los ojos fijos en el techo. Un intenso olor a orina, sudor y habitación cerrada me golpearon el rostro con tan sólo poner un pie en aquella macabra escena. Me hizo recordar el olor que minutos antes había sufrido en la calle, mientras esperaba que un semáforo se pusiera en verde para poder cruzar, a raíz de las heces de un caballo. Me hizo desear llegar cuanto antes a mi destino y así abandonar las calles llenas de suciedad y gentuza. Qué gran ironía me estaba reservada vivenciar. Aquella casa, que había sido mi casa, mi escondite ante los horrores del mundo, ahora se me antojaba más extraño y sucio que este. Y ese hombre que había sido mi padre, no lo veía ya más que como un desconocido. La diferencia entre el indigente que agoniza en la calle y el buen hombre que lo hace en su cama es pasmosamente nula. Te estás muriendo, es tu fin, y es igual de patético para todos.


Dicen que hay hombres que mueren con dignidad, otros con menos que el resto, y unos últimos que mueren sin dignidad alguna. Yo creo que el morirse es algo que le quita la dignidad al más digno. Uno puede irse con más arrojo que otros, con más pasión y escena, incluso con mayor alegría. Pero la dignidad no es algo que pueda aparecer en esta situación, estando famélico por los duros días pasados anteriormente, carcomido por la enfermedad y el alma desesperanzada, sabedora ya de que la batalla está perdida y que su existencia trocará a su fin. Pero hasta el más sano y fuerte, muerto por esas extrañas bromas que nos gasta el destino, es patético en su muerte. El rictus de dolor, los ojos enmarcados en la agonía de no poderse aferrar a nada… La única muerte digna que se me ocurre es el suicidio asumido y bien controlado.


Pero mi padre era un hombre de los de antes. Con miedo a la muerte, por lo que no se lo deseaba a nadie. Es lo que pasa cuando te creas en tu cabeza una idea de divinidad, sea de la religión que sea: no te sirve más que para vivir con miedo, a costa de la seguridad en la cosa más insegura del mundo, que es el saber qué te espera al final.

Pues bien, mi padre era uno de estos. Católico en su pensar, libertino en su actuar, como los mejores religiosos de la historia. Pero ahora sus días ya se habían acabado, y moría absurdamente mientras iba rezando Ave Marías rosario en mano.


Es extraño, pero una vez dentro de la habitación, con ese asqueroso olor al que no terminaba de acostumbrarme y con estos pensamientos, no podía alejar de mí la idea de acabar en esos instantes con su agonía. Intenté alejar esa idea de mí, y salí de la habitación sin poder evitar mostrar asco. Sentí la mirada de mi padre, desviada ya del techo, en mi espalda. No puede juzgarme mal, siempre he dicho en voz alta lo que opino de la muerte, y él debería saber lo que me iba a costar estar al lado suyo en estos momentos. Tal vez me hizo llamar por eso. Él siempre tuvo un humor muy peculiar.


Salí a una terraza a la que se accedía desde la cocina, mirando de soslayo unos cuantos cuchillos que aparecían metidos en un bloque de madera. Sabía que era absurdo, y que de hacerlo no lo haría así. El problema era que algo empezaba ya a matizarse en mi cabeza.


Los pecados de un hombre es algo que debe llevarse hasta la tumba. Eso es bueno, porque si realmente hubiese alguna forma de que fueran perdonados, entonces es cuando la muerte perdería el poco sentido que pueda tener. Cuando uno muere, realmente ajusta cuentas con el mundo, y la vida es el precio a pagar. No hay Dios que valga ni juicios finales. La muerte es el primero y último válido.


De esta concepción que tengo de la muerte se deriva que, cuando ya no aguante más y quiera saldar ya todas mis cuentas, yo mismo me las ingeniaré para lanzarme de un solo pistoletazo al absoluto.


Y es lo que ahora pensaba hacer con mi padre.

3 comentarios:

Kiüs dijo...

Ese señor es una mala persona...a los padres se les respeta y a los que tienen miedo a la muerte y no quieren morir se les deja vivos el tiempo que allos quieran, aunque sea muy grande la tentación...El respeto es la clave, colega ;) jeje

Mirthas dijo...

Supongo que ahí está el conflicto, en el respeto.
De todos modos dale tiempo al personaje, esta no es más que la primera entrega. Veremos cómo se desenvuelve.

Yo también estoy harto de letras pesimistas. No te preocupes, la próxima que está en camino -ya la estoy pariendo- será bastante distinta. Te va a encantar.

Echos of a dream dijo...

Mmm... Debes a dios una frase de ese texto...