18 de septiembre de 2010

Sobre el infantilismo moral de la religión


Sé que a día de hoy son todavía muchas las personas que viven en un infantilismo moral que les impide comprender una buena actitud ante sí mismos y ante el mundo sin la presencia –real o imaginaria– de un ser superior. Para estas personas lo mismo les valdría un Estado represivo, la presión social o la figura de un dios interesado en los quehaceres diarios de un montón de seres vivos.

Sé también que pensar es algo que lleva dedicación y esfuerzo. Exige horas de lecturas reflexivas, sentido crítico y capacidad de argumentación para lograr alcanzar conclusiones acertadas.

Y sé que la búsqueda de la verdad es algo tan bonito como poco ejercitado por la mayoría de la población. Y esto es así porque exige la constancia de buscar información, contrastarla y, lo más complicado, humildad si hay que reconocer que uno está equivocado. Tres cualidades que, por lo pronto, se predican con la boca chica y se castigan duramente a nivel social.

Sé todo esto de la misma forma que sé que la empresa que dirige ese señor que ha gustado en cambiarse el nombre por otro más épico (Benedicto XVI) ha sido desde su nacimiento la encargada de evitar que la población se informe y piense, y la que menos humildad a demostrado tener, atreviéndose incluso a declarar como infalible lo que ese señor antes nombrado y sus predecesores tuvieran a bien decir. De la misma forma, esta multinacional se ha encargado durante siglos que esas personas necesitadas de una autoridad externa encuentren en una sola marca –Iglesia Católica©– esas tres figuras, a saber: Estado, presión social y ser sobrenatural que sabe lo que piensas.

Gracias a estos tres geniecillos se ha mantenido con un poder atroz sobre poblaciones, y los medios utilizados para que estos tres amigos siguieran teniendo efecto han sido tan crueles que hasta Hitler aplaudiría maravillado. Solo hay que pasarse por algún museo de la Inquisición para ver la estupenda tecnología de la que disfrutaban estos brujos con sotana para llevar a cabo la magia de la delación y el terror. Y por si esto fuera poco, la promesa de estar ardiendo eternamente acompañaba en todo momento, a modo de tortura psicológica, al reo.

Pues bien, esta empresa que, en proporción a su desarrollo tecnológico, mató de forma más cruel y en mayor número a personas inocentes –en algunos casos el delito cometido era el de soñar con aquelarres– que cualquiera de las también terribles dictaduras acaecidas en el siglo XX y que actualmente se permite el lujo de proseguir la expansión del SIDA en África prohibiendo el uso de anticonceptivos, que condena oficialmente la pena de muerte en EEUU pero que la defiende activamente, que aún tortura psicológicamente a niños indefensos amenazándolos con fuegos inextinguibles (además de sodomizarlos), que mangonea en estados democráticos diciéndoles a los gobiernos cómo deben legislar, que se entromete en la vida privada de las personas, que discrimina a personas tanto por su sexo como por su elección sexual, que financia guerras, que está metida en asuntos de narcotráfico en países latinoamericanos y en los principales casos de corrupción aquí en España. Por no hablar de que defiende la verdad incontestable de un libro mal traducido y de nula fiabilidad histórica, que asienta como verdad teorías indemostrables, que adora el misterio y practica el dogma. Que rechaza las evidencias científicas que desmienten sus habladurías y manipula datos y estadísticas, además de investigaciones, con sobornos millonarios.

Como decía, esta lindeza de empresa/estado absolutista –a la que aún se le permite operar en estados democráticos pese a estar oficialmente en contra de la democracia, de los Derechos Humanos y la ONU– se atreve a condenar en un acto político, en el que se le ha recibido con honores de Estado, a personas que no creen en seres cósmicos interesados en lo que uno haga con su vida. Un señor que representa ese infantilismo moral que precisa de alguna forma de dictador que, valga la redundancia, dicte imperativos morales cuyo mejor asiento es un porque sí, se atreve a hablar de “dictadura del relativismo”, refiriéndose a la moralidad de personas que buscan su obrar bien fuera de libros anquilosados y dictámenes religiosos, prefiriendo basarse en derechos que en consenso se han visto bueno para todos.

El ateísmo no es nada nuevo y siempre se ha condenado aún más que la herejía. El motivo es claro: es más fácil hacer cambiar de idea estúpida a un estúpido antes que hacerle tragar con la estupidez a una persona sensata. Y en esto de estúpidos las religiones son expertas. Por eso, si este fantoche compara el ateísmo con el régimen nazi sus borregos muy posiblemente balen algo así como que el régimen nazi era ateo, cuando la realidad es que Hitler en el Mein Kampf se declara católico y, más tarde, siendo ya el Fürer, arengaba a sus soldados con ideas católicas. Por no hablar de los tratados que mantenía con el Vaticano. Pero hay que demonizar a los ateos, y el demonio que ahora más pesa sobre las conciencias europeas es el demonio de las dictaduras fascistas. Pero sus palabras refiriéndose hacia ese falso extremismo ateo nazi no deben quedar sin contestación.

Es indignante que este neonazi católico utilice su propia ideología para atacar a personas que lo único que queremos es vivir nuestra vida sin que chamanes vestidos de negro/púrpura/blanco o de cualquier tipo se metan en nuestras vidas y vivan de nuestros impuestos. El ateísmo supone un nivel mayor de moralidad por una simple razón: el único responsable de los actos de uno es uno mismo. Nadie te perdona, nadie te castiga ni nadie te premia. A excepción de delitos penales, por supuesto –que ya sé que la curia sí está exenta de este tipo de penas–. Uno actúa como actúa por su propia integridad. Punto. A partir de este principio se siguen construyendo los demás imperativos morales.

Es muy posible que el propio Benedicto XVI sea ateo. A él no lo tengo por estúpido aunque sí por muy retorcido y malévolo. Pero una cosa es serlo y otra parecerlo, como dicen en mi tierra, y como de lo que aquí se trata es de los millones de euros que se ingresan en las arcas vaticanas, a dios que le den –que para algo no existe– y a la verdad también. Y dentro de esa verdad obviable en virtud de los beneficios bancarios está la de la naturaleza humana. Así que, por favor, encima no se ande con recochineo, señor Benedicto, y nos diga que el ateísmo supone “una visión truncada del hombre y la sociedad”.

Duele muchísimo el que uno, con sus pobres medios, luche con todas sus fuerzas –a veces a pesar de familia y amigos– contra las tonterías de la infección religiosa en pro de algún puñado de verdades para que luego este sinvergüenza vestido de blanco proclame que "la evangelización de la cultura es aún más importante ahora cuando una dictadura del relativismo amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre y su destino".

Este dictador viaja a un país democrático, donde se le recibe con honores de estado, repito, y se atreve a soltar tamaña estupidez. Esta proclamación de guerra contra la racionalidad debería haber bastado para que se cumpliera la amenaza de meterlo entre rejas. Si algún patriota inglés me lee quiero que caiga en la cuenta de que este autócrata se ha reído de todo su gobierno en el mismísimo suelo inglés.

Para empezar, eso de la “evangelización de la cultura” no supone otra cosa más que la vuelta al oscurantismo, al retroceso de la ciencia a favor de un libro en el que se habla de un revolucionario que se supone existió en Palestina y cuya única intención era la de derrocar al Imperio Romano siguiendo las ideas de una  de las muchas sectas judías del desierto. Y a ese relativismo al que se refiere no es a otro que el relativismo de la humildad mencionada al principio. Es decir, el relativismo que supone el cambiar de opinión (aquí valdría teoría científica) cuando uno demuestra empíricamente que estaba en un error. No pienso entrar a hablar acerca de “la verdad inmutable del hombre y su destino”, solo decir que, del mismo que los árboles no están aquí ni para darnos de comer, ni darnos sombra ni proporcionarnos oxígeno –esto no es más que una consecuencia de su mero existir–, nosotros no estamos aquí para gran cosa tampoco. Y esto es, precisamente, lo que hace que la vida valga la pena.

Para terminar, desde aquí propongo que todos aquellos que de verdad crean en un dios –o tenga algún otro tipo de atrofia mental similar– que les prometa paraísos y una vida mejor tras su propia muerte, corran a reunirse con él para gozar toda la eternidad y nos dejen a los demás tranquilos.

Si alguno, pese a tener estas creencias, aún tiene reticencias, le invito a que considere que lo que tiene son justo eso, creencias, y que por tanto tiene la obligación de guardárselas para sí y dejar que sea lo racional y demostrable lo que dirija las sociedades.

2 comentarios:

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Me ha encantado el texto. Desarrollas muy bien los argumentos, es elegante y se comprende muy bien.
Hace tiempo que no escribes algo así, a ver si poco a poco volvemos a los buenos tiempos...

Un mordisco.

Artemisa dijo...

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