9 de septiembre de 2009

Cartas y despedidas

Nota del autor: Me aburro, y esto me lleva al juego, al ingenio. He intentado hacer una poesía rápida, desesperada, y creo que debo avisar que, para una lectura adecuada, es recomendable hacerlo de la misma manera. No os pido que desesperéis, más bien que procuréis hacer una lectura ávida.

Parado en las vías de una estación
en la que hace mucho que los trenes
dejaron de pasar,
intento recordar aquella canción
que un día nos unió, los días alegres,
y sólo recuerdo tu cara, tu sonrisa y tu voz.
Y esto no me deja comprender el motivo fúnebre
que decidió acabar con nuestro amor.

Y por más que me empeño no me consigo adaptar
al movimiento de esta vida sin seguridad,
seguridad que antaño me dabas y que ahora me falta.
E intento encontrar una solución
al lobo del hombre, su mezquindad,
sin quererme consolar en la fácil razón
de que así somos, que no hay justicia, belleza o verdad.
Pero siento miedo, en tu intimidad lo reconoceré,
de enfrentarme a esto sin ser tú mi bastión,
mi apoyo fuerte, alegre e inocente en el que me apoyé
para que fueras mi acompañante en la soledad,
única compañera fiel en esta vida de confusión.
No soy como esperaba. Pensé que te podría olvidar.

Pero pasa que cuanto más tiempo,
cuanta más distancia hay entre tú y yo,
más en este caos me hundo y me pierdo.
¡Y aún no recuerdo esa triste canción
en la que con melancolía poderme hundir!
Y así recordar aquellos tiempos en los que eras mi vida,
en los que, con una paz solemne,
podía dormir abrazando nuestro amor.

Y no ahora que, con mil cigarros por bandera,
con lápices y hojas como escudo,
salgo a la calle con mis gafas de sol,
ocultándome de este mundo
que sus miserias muestra al astro sin pudor.
Siento inevitable pensar en nuestra mediocridad.
Y entre fiestas y alcohol
yo sólo me limito a observar
las penas que con buenas fotos pretenden callar.
Y aún sin recordar el estribillo
vienen a mi cabeza las palabras del poeta
en que aseguraba con destreza
antes de que tú me mates, prefiero matarme yo”.

O tal vez sólo me limite a huir
para demostrarme así que tiene algún sentido
destrozar algo que fue para mí lo más bonito,
lo más precioso y bueno que pude consentir
en mi vida, que debería ser asquerosa y sin brillo.
Pero ¿cómo dejar escapar la oportunidad
de poder abrazarte, de dejarme por ti amar?
Aunque eso significara ser feliz.

Me iré, marcharé de aquí esperando poderme encontrar.
Volando, como Cyrano, no muy alto, pero solo,
procurando poder discernir lo que está bien y mal,
alabaré a unos pocos, desecharé a los demás.
Y en mi huida tal vez te vuelvo a encontrar
paseando, con la elegancia de la que tú sola eres capaz,
por alguna bella ciudad.
Aprovecharé entonces la ocasión para darte esta carta,
hablarte de mis aventuras tal vez.
Y, una vez demostrado todo mi amor,
podré marcharme libre, de nuevo sin rumbo, sin pasión.
Pero sabiendo que al menos una vez en mi vida, ya larga,
has tenido en tu exquisita alma mi corazón.

4 comentarios:

Dafne dijo...

Cogida la idea del autor, lectura rápida (mas = pero, sin tilde :P) Me ha gustado, pero solo una cosa... ¿por qué trenes...?

Mirthas dijo...

No encuentro ese "más".

Y Bea, si realmente conocieras mi íntima relación actual con las estaciones de trenes -además del pequeño encontronazo de hoy- comprenderías que fuera el inicio de la inspiración.

En breve veréis por aquí toda una elegía a la estación de Santa Justa.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

A ver si es verdad que vemos esa elegía :P.

Aunque te advierto que la próxima vez estaré preparada... No voy a dejar que horades un corazón de piedra... ¿o sí?

Twinsen dijo...

Abro tu perfil y lo primero que me encuentro es precisamente una cita de Nietzsche; ¡bastante apropiado después de haber leído tu comentario! =)

Me estoy planteando si aceptar ese calificativo de "tarado" tuyo, en su forma más literal y menos malintencionada: sufridor de un desperfecto.

Ese desperfecto es precisamente esa tendencia que tengo a mantener mis emociones guardadas en una cajita. Pero no es aleatorio, más bien todo lo contrario.

Mi problema es cuán a menudo son incompatibles mis circunstancias con lo que tú me sugieres. Es triste, pero es así.

¡Un saludo!